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Sobre el Libro

Escrito por Rafael Pablos el . Publicado en Libro

La  construcción de un mundo

Cualquier obra fotográfica es, en el fondo, una forma particular de explicar o interpretar el mundo. Pero es cierto, en otro sentido, que buena parte de la producción fotográfica que arranca en las primeras décadas del siglo XX, y que continúa hasta nuestros días, añadió a esta necesidad otras reflexiones acerca del propio medio fotográfico y de sus posibilidades como lenguaje. Es decir una mirada hacia adentro, el propio medio; y otra hacia fuera, la realidad exterior.

En la obra de Rafael Pablos vamos a encontrar estas dos vías de abordar lo fotográfico o de relacionarse con el mundo a través de la fotografía. Más de treinta años haciendo fotografías son tiempo suficiente para que podamos acercarnos a la obra de este fotógrafo con la esperanza de encontrar una determinada narración de la existencia humana, o incluso un poco más allá, la construcción de un mundo propio. Porque esta es la sorpresa que deparan las imágenes reunidas en este libro, que contienen un mundo absolutamente particular, contado mediante un lenguaje personal y que no ha renunciado al compromiso con las grandes causas de la humanidad.

Pero estamos ya en el punto de llegada y para comprenden mejor todo esto es necesario remontarse a los inicios, al punto de partida, a los orígenes que todo fotógrafo tiene. Todo ese tiempo en el que llena su maleta mental de las imágenes que le impresionan o le inquietan, aquel tiempo en el va decidiendo, no siempre con paso firme y a menudo con muchas dudas, qué vías de las que conoce va a transitar, para que con el trabajo de muchos años se vaya generando y depurando un lenguaje propio.

Rafael Pablos ubica sus orígenes en algunas de las corrientes artísticas aparecidas a partir de la segunda década del siglo XX. Las denominadas vanguardias artísticas fueron los primeros intentos de aplicar la técnica fotográfica, en un plano de igualdad, a la producción artística del momento. Dadaístas, surrealistas, constructivistas o la Bauhauss plantearon un nuevo lenguaje fotográfico que recurrió a menudo al fotomontaje. Raoul Haussman o John Heartfield usaron esta técnica como arma revolucionaria, crítica y agresiva, mientas que Moholy-Nagy o el Lisitsky lo hacían con mayor frivolidad.

En España hubo también una interesante escuela de foto montadores. Josep Renau, Pere Catalá Pic o Nicolás de Lekuona, cada uno con su estilo propio, tomaban una posición activa ante el mundo, en unos momentos especialmente convulsos y difíciles -durante la Guerra Civil-, con la intención de influir con sus montajes en la realidad misma. El arte es un cuchillo que penetra en todos los corazones, planteaba Louis Aragón, uno de los principales ideólogos de la corriente surrealista.

Y si la técnica y los contenidos de los fotomontajes que hemos citado se encuentran en los inicios del trabajo de este fotógrafo, encontraremos otra notable afinidad, que se produce muchos años después, y que se basa en la idea de construir la realidad para más tarde fotografiarla. En el fondo existe una cierta continuidad ideológica con los primeros trabajos de fotomontaje, pero aquí se rompe con la “pureza de origen” de lo fotográfico, es decir de una toma fotográfica que se utiliza o se manipula.

Con esta segunda línea de trabajo nos encontramos ante una metáfora que renuncia a partir de la realidad observable, fabricando una nueva realidad que, a través de la fotografía, se nos presenta de nuevo como una reflexión sobre la vida.

Llegados a este punto, vamos a tratar de aportar algunos datos que nos permitan conocer mejor a Rafael Pablos. Estamos ante lo que se ha denominado comúnmente como un fotógrafo amateur, término que define a aquellos fotógrafos que no han dado un uso profesional a esta ocupación. Pero no es menos cierto que acudiendo al origen del término descubrimos su auténtico sentido: el que ama lo que hace, el que sólo lo hace por amor, y no por el beneficio material que la actividad le reporta.

Por otra parte es cierto que la obra artística siempre es una consecuencia de la personalidad del artista, o dicho de otra forma, que los rasgos de su carácter quedan adheridos al proceso intelectual y lo condicionan en buena medida. En el caso del fotógrafo que nos ocupa esto es absolutamente comprobable y especialmente relevante a la hora de interpretar su trabajo.

Cualquiera que haya conocido a Rafael Pablos sabe que es una persona habilidosa, especialmente diestra para construir cosas con las manos, pero lo más sorprendente es su capacidad para concebir soluciones y estrategias que finalmente se concreten en mundo físico, en el funcionamiento de los artefactos. Lo fabrica todo, todo lo que interviene en el proceso fotográfico: desde el laboratorio, las máquinas fotográficas y demás objetos del proceso, hasta la realidad que finalmente fotografía. Una especie de círculo permanente que contiene, en mi opinión el anhelo de ordenar el mundo, de mantenerlo bajo un cierto control.

Rafael Pablos nunca ha sentido atracción por aplicar a sus fotografías esa mirada rápida e intuitiva de la que hablan algunos fotógrafos: la facultad de capturar el instante, lo que interesa de la realidad en un golpe de intuición. De hecho creo que Rafael Pablos no mira fotográficamente con los ojos, la realidad inmediata le interesa poco para sus obras. Su mirada es bastante más reflexiva, cerebral, fruto de un proceso lento y minucioso, en el que la fotografía existe de manera completa primero en el pensamiento del autor y más tarde se ejecuta. Es decir, en las fotos de los primeros años se piensa, se fotografía y se compone; y el las del último período, se piensa, se fabrica y se fotografía. En realidad esta fragmentación del proceso es una forma de explicar lo que en la cabeza del fotógrafo es un continuo. 

Pero ¿cuál es este mundo personal del que nos habla Rafael Pablos en sus fotografías? Podemos decir, para empezar, que desde los inicios su iconografía se ha nutrido de elementos próximos: su familia –de forma casi obsesiva-, su casa, sus objetos, su pueblo. Incluso vemos como los escenarios naturales en los que ubica inicialmente sus montajes van cediendo su lugar a masas grises que funcionan como paisajes metafísicos, por supuesto construidos.

La mayor parte de las fotografías que aquí vemos, desde las más tempranas, están dotadas de una gran carga simbólica. La elección de los elementos que construyen sus fotografías muestra una clara toma de postura ideológica acerca de los grandes temas y por supuesto una reflexión acerca de éstos. La vida, la muerte, el nacimiento, la paz, el futuro, el tiempo, el camino, el dolor, o metáforas algo más sutiles como las mariposas, palomas o árboles. Todos ellos temas de grueso calado, sobre los que nos propone reflexiones aparentemente sencillas, pero de gran rotundidad.

Un poco más allá de estos grandes temas, también encontraremos un buen número de imágenes que nos permiten hablar de una simbología algo más personal, de un carácter menos universal. Me refiero a las series del cerebro o de los huevos.

Otros elementos, como son las cuadrículas o las repeticiones seriadas, nos hablan de lo que yo creo una constante en la obra de Rafael Pablos: el anhelo de ordenar el mundo, de dotar de una determinada coherencia a la existencia.

Y todo ello desde una inclinación a la reflexión que no resulta precisamente optimista. Hay que reconocer que sus fotografías no son imágenes alegres y que este es uno de los aspectos de su trabajo que, a mi juicio, lo dotan de mayor consistencia e interés. Apenas vamos a encontrar concesiones, elementos que no pertenezcan al núcleo duro del discurso, que por otra parte se ha mantenido coherente durante tantos años.

Quizá el único alivio, o guiño a la esperanza, lo encontremos en la ironía con la que adorna buena parte de estas propuestas.

 

Ricardo González